Miranda

Vivimos con Miranda en algún barrio olvidado de Dios en alguna ciudad olvidada de Dios. Una de esas ciudades donde uno se juega la vida en un semáforo y el sueldo en el supermercado.

La mamá de Miranda se fue hace tiempo. Creo que vive en Nueva York. Siempre le gustó Nueva York. Nueva York es una ciudad que al menos tiene un nombre.

Vendo seguros. En una ciudad sin nombre en la que se rifa tu vida en un semáforo y se juega tu sueldo en el supermercado, un seguro nunca viene mal.

Miranda extraña a su mamá. Extraña lo poco que recuerda de ella. Se fue cuando tenía 4 años. Sé que secretamente me culpa por eso. Y también sé que tiene razón. Su madre se casó con un fracasado. Llegó a esa conclusión bastante tarde, de todos modos.

Me cuesta conectar con Miranda, saber en qué piensa o por qué hace las cosas que hace. Así que en mi legajo puede constar que fui un fracaso como esposo y un fracaso como padre. A pesar de eso doy lo mejor de mí y sé que ella también lo intenta a su modo. Lamentablemente, no entiendo a mi hija y mi hija no me entiende a mí. Me habla de grandes cambios y revoluciones, de iniciativas en YouTube para cambiar el mundo, de semillas tóxicas que llegan a esos supermercados en los que se me va el sueldo, y yo le hablo de responsabilidades, boletas y  cosas aburridas. A veces pienso que somos como dos trenes que salen del punto A y van al punto B, pero no le pagaron suficiente a los operarios y A y B parecerían no encontrarse nunca o ser lugares en el que la única posibilidad de encuentro es un choque. Trabajo en siniestros viales… creo que vi demasiados choques. Probablemente esa sea otra cosa que a mi hija no le gusta de mí.

Miranda tiene un gato. Azul. Azul fue idea de su psicóloga por lo que la iniciativa terapéutica terminó costándome más cara de lo que suponía. La casa es grande y normalmente está desordenada. Mi hija no es buena guardando el orden. Yo solía serlo, pero esa fue otra de las cosas que terminé abandonando al cansancio. Mantengo el estudio y mi dormitorio en condiciones,  el resto de la casa es el campo de pruebas para las mil y un iniciativas nunca conclusas de mi hija y una suerte de parque de diversiones amazónico para Azul.

Olvidé decir que Azul no está castrado, Miranda tiene ideas bastante categóricas al respecto, probablemente algo que aprendió en YouTube y que nos costó nuevamente más de una discusión y bastante dinero en tratamientos alternativos, a mi juicio, poco efectivos para el felino.  Así que, básicamente, mi casa es una gran caja de gato y huele así.

Después de llantos, reclamos y sediciones decidimos que lo mejor era dividir estratégicamente la casa, por lo que Miranda cuenta con el frente y yo quedé recluido a mi estudio y una dependencia que uso de dormitorio en el fondo de la casa.

El cuarto de mi hija tiene un gran ventanal que da a la calle. Ella sostiene que su gato es un ser libre que puede entrar y salir cuantas veces quiera de la casa y pasear por las cornisas y arrabales de un barrio peligroso. Me cansé de advertirle e intentar hacerle entrar en razón de que Azul es un animal que se guía por instinto y que el instinto, tarde o temprano  lo iba a llevar a un mal lugar si seguía saliendo de la casa. Nunca me escuchó.

Una noche de tormenta Azul salió a tomar el fresco y tardó más de lo que solía tardarse en volver. A las 3 de la mañana Miranda golpeó las puertas de mi cuarto.

─¡Papá, papá, Azul se escapó ─ yo estaba dormido y no entendía nada.

─¿Qué hora es?

─Azul. Azul se fue.

─¿Eh?

─Salió por la ventana a la tarde y nunca volvió.

─¡Gato de mierda!

─¡Es tu culpa! ─Miranda estaba fuera de sí. Gritando entre lágrimas.

─¿Cómo sería eso? Vos dejás la ventana abierta y es mi culpa que tu gato se escape. Ya va a volver. Andá a dormir. Mañana tengo que madrugar.

─¡No! Vamos a buscarlo.

─¿A esta hora? ¿vos querés que nos maten? Andá a dormir y mañana vemos.

─¡Es tu culpa! ─cada vez más increpante─. Azul se fue como mamá. Todos se van. Yo también me quiero ir ─podía entender las responsabilidades que me tocaban respecto a su madre, pero el gato me parecía demasiado.

─¿Y yo qué carajo tengo que ver en eso? Es un animal y no está castrado. Te dije mil veces…

─¡No! Azul sabe que no lo querés. Y por eso se fue.

─¡Se fue porque no está castrado! ¡Tanto quilombo por un gato de mierda!

─¡Vos sos una mierda, papá! ─revoleó la puerta y se fue hacia la parte de delante de la casa.

En cuanto pude conectar dos ideas juntas me puse un abrigo y salí de la cama a buscarla. Estaba en la puerta. Tenía un piloto de lluvia, un tupper con comida y una decidida urgencia de salir a la calle.

─Nena. ¿Adónde te crees que vas? ¿Viste la hora que es? No, querida… vos querés que nos maten.

─Ojalá. Qué entren y nos maten y se lleven todo.

─Sí, querría ver si decís lo mismo cuando estés sin computadora ni teléfono. No vas a salir y es mi última palabra –Miranda agarró la llave y se largó escaleras abajo.

¿Azul? ¿Azul? ¡Azul!  Mi hija agitaba un tupper con comida y llamaba a su gato bajo la lluvia. En una ciudad sin nombre una adolescente gritando ¡azul, azul! a las 3 AM quizá no sea lo más conveniente. Al rato noté que estábamos llamando demasiado la atención y que los muchachos de la casa tomada miraban con curiosidad. También estaba Esnupi, una especie de mascota de la gente de la casa tomada, un borracho cordobés que llegó al barrio un día hace 10 años y nunca más se fue. Sólo Dios sabe cómo se ganaba la vida. Dudo mucho que fuese algo honrado. Era más que obvio que hacía pasar ciertas cosas del conventillo al mundo… algo así como un agente de comercio exterior. Estaba en el banco en que solía dormir en la calle, frente a la ventana de mi hija. Una posición estratégica que nunca me agradó y por la que llamé una docena de veces a la policía.

─¿Qué pasa? guaff!, guaff! ¿Azul? Azul como el cielo es azul, señorita ─Esnupi ladraba, tenía bastante asimilado su papel de mascota.

─Se perdió mi gato. Es negro y… ─no pudo terminar la frase.

─Gato negro…mala suerte gato negro… rico para puchero…me voy a comer un gato negro

─¿Qué dice?

Me di cuenta de que a mi hija se le iba a ir el carácter de las manos y que esta charla sólo podría volverse cada vez más complicada.

─Mir, necesitó que subas y te quedes adentro de la casa. Ya sabés cómo es este tipo. Vamos a tener una discusión eterna. Te prometo que voy a encontrar a tu gato, pero por favor, subí.

─Pero…

─Sin peros. Subí y metete en casa de una vez.

─Sos un forro, papá ─me tiró la comida que quedaba en el tupper sobre el abrigo y subió a la casa.

Una vez que me aseguré de que hubiese cerrado la puerta y con un asqueroso olor a sardinas y grasa en el abrigo, dejé a Esnupi puteando a los cuatro vientos y despotricando contra el universo y encaré para la casa tomada. Los ladridos y maldiciones de Esnupi me acompañaron un buen tranco hasta que logré hacerles caso omiso. Técnica que venía utilizando desde que Esnupi se instaló en el banco frente a mi casa años atrás.

En la puerta del conventillo había tres muchachos.  Me acerqué y los saludé.

─Buenas noches.

─ ¿qué pasa, don? ¿Se le perdió algo?

─El viejito se quiere pegar un saque, mono.

─Mirá vos al abuelito le gusta la tatanga.

─No. No es eso lo que necesito. ¿Vieron un gato negro, como de esta altura, con una mancha blanca en la panza?

─Vemos cosas blancas y gatos todo el tiempo, don.

─Me expresé mal. Es el gato de mi hija. Se escapó esta noche. Ese gato es muy importante para ella.

─¿La morochita que gritaba hace un rato? ─no me gustó ni un poco lo de morochita, pero no estaba jugando en mi terreno─ va a ser medio complicado encontrar un gato negro en una noche como está, don. Pero si vemos algo le chiflamos. ¿Usted vive por acá no? ¿mitad de cuadra, portón verde? ─tampoco me gustó que manejase tanta información, pero ya estaba metido en el baile.

─Sí. Esa es nuestra casa.

─Si vemos al gato le chiflamos, don.

─Gracias. No sabe cuánto se los agradezco

─No pasa una. ¿Se copa con una moneda, don? Para tomar algo, ¿vio?

─Sí, cómo no. Saqué la billetera y les di un billete, el primero que manoteé sin mirar la denominación.

─Uhh, con esto estamos re chetos. ¡Gracias viejito!

Intenté seguir buscando en la calle, pero la tormenta crecía a doble tiempo. Se levantó viento y no podía ver mucho más allá de mi nariz. Creyendo en vano seguir buscando y pensando en la forma de decirle a mi hija que iba a ser difícil que su gato aguantase a una noche así, subí a casa.

Me acerqué al cuarto de Miranda y la vi sentada sobre el marco de la ventana. Sola. Sentada ante la lluvia. Llorando. La imagen me partió el alma. Sabiendo que no podría decirle nada que la ayudase y que ella necesitaba mantenerme lejos, fui a mi cuarto y cerré la puerta y me acosté con la radio en sordina.

En algún momento me dormí. El reloj y su maldita melodía cumplieron el cometido de despertarme. Tenía que ir al trabajo y Miranda a la escuela. Fui a buscarla para recordárselo. Al entrar a su dormitorio vi que se había quedado dormida con la ventana abierta y la ropa mojada; en algún momento de su vigilia el cansancio la había doblegado.

Le pedí que se cambie y fuese a la escuela. Había recibido varios llamados de atención de parte del colegio en el último tiempo. Pese a que era una chica brillante, dotada con una inteligencia que claramente había heredado de su madre, no estaba llevando adelante un buen semestre y corría riesgos de perder el año.

Con furia que sólo el cansancio domaba un poco me pidió faltar a la escuela para imprimir volantes para encontrar a Azul.

─¿Cuántas faltas te quedan?

─Tres.

─¿Segura? ¿No me estas mintiendo?

─¿Y vos estás te cansas de ser un pelotudo, papá?

Me di cuenta de que era poco conveniente dejar que la discusión siguiera subiendo de temperatura y que retirarme en ese punto iba a ser lo mejor. Así que decidí confiar en que verdaderamente estuviese llevando bien la cuenta de las faltas y me fui a la oficina.

Cuando volví por la tarde, rumeandado la secreta esperanza de que el gato hubiese aparecido por sus propios medios o de que Miranda se hubiese cansado ya de esto, me encontré con los panfletos que había elaborado mi hija con una foto de Azul.

Debo admitir que ansiaba más una esquela fúnebre para el animal que un pedido de captura, pero al parecer así eran las cosas.

Miranda quería empapelar el barrio con los volantes. Había impreso más de 100. Le dije que me llevaba un par y veía qué podía hacer.

Debajo de mi casa hay un taller mecánico, llegado en mala hora; el cual resistía a fuerza de martillazos, música fuerte y desorden en los horarios laborales. Vivir con un taller debajo de tu casa puede hacer que tu temporada en los infiernos sea aún peor. Mi habitación  limitaba con el patio de atrás del taller por lo cual quedarse una tarde en casa era equivalente a tener que escuchar un sinfín de idioteces que empezaban desde las 8 de la mañana meta mate y rosca, proseguía en arranques de motores en mal estado y terminaba con el mecánico armando alguna extraña fiesta con sus amigotes y mujeres de circunstancia. Teníamos una pésima relación desde el día en que desembarcó con su proyecto y en los registros de la seccional y la comuna debían figurar centenares de reclamos y denuncias por irregularidades hechas a mi nombre. Por lo tanto, la mía no era una cara que el mecánico quisiese ver tampoco. Sin embargo si el gato seguía en pie y había intentado volver, el lugar más probable al que hubiese llegado era el taller. Respiré profundo y me acometí a pedirle su ayuda.

Cuando entré al taller el mecánico estaba trabajando en el chasis de un auto. Me vio su ayudante y este le avisó que alguien lo buscaba. Cuando salió de abajo del auto su rostro mostraba desagrado.

─Sí, dígame. ¿Qué le molesta esta vez?

─Buenas tardes. No. No vine por eso. Vine porque necesito su ayuda ─me dolía tener que admitirlo.

─¿Y por qué debería ayudarlo yo? Usted no me ha ayudado mucho a mí que digamos.

─Sí. Puede que eso sea cierto. De todos modos, no se trata de mí. Verá, es acerca de mi hija.

─Aja.

─Mire, se escapó el gato de mi hija. Y estoy tratando de encontrarlo. Ella hizo estos volantes y querría saber si me dejaría colgar uno acá ─no respondió, pero su expresión indicaba que comenzaba a ceder un poco.

─La verdad es que está destrozada por todo este tema ─insistí─. El gato este es muy importante para ella.

─Sí. Yo también tengo una hija. Ella me regaló a Luna cuando me separé de su mamá ─con un ademán señaló a una rotweiller que estaba en el fondo del local y que yo había escuchado ladrar noches enteras sin interrupciones.

─Nunca pensé que le pudiese afectar tanto, si le soy sincero, pero está destrozada.

─¿Tiene ahí una foto del gato?

─Sí ─le alcancé el volante.

─Es chiquito. Hay que ver si aguanta la calle. ¿Cuándo dice que se escapó?

─Se perdió con la tormenta.

─A nosotros nos pasó con una gata cuando vivíamos los tres juntos. Mejor no le cuento cómo terminó la historia, pero recuerdo lo mal que se puso mi hija. Y creo que tuve que salir a hacer lo mismo que usted.

─Esperemos que esta vez termine bien.

─Sí aparece por acá le aviso…antes de que lo agarré Luna

─Dios quiera que no ─dije y esbocé una sonrisa.

Nos dimos la mano y le dejé el volante con los teléfonos de contacto.

Cuando subí a mi casa y me acerqué a su dormitorio, Miranda seguía en el marco de la ventana. Ese retrato de la desolación me rompió el alma. Ahora entendía algo más sobre mi hija. Miranda era una de esas personas que se arriesgan a sentir, a querer de verdad. Sin contratar ningún seguro, sin casuística ni cálculos de  probabilidad; y a riesgo de perderlo todo. Aprendí que eso era ser valiente.

Me dije a mí mismo que no podía seguir viendo a mi hija perder las cosas que amaba.

Empapelamos el barrio con la foto de Azul, llegamos a ofrecer una recompensa; pero pasaban los días y no teníamos noticias. De a poco, Miranda fue haciéndose a la idea de que quizá Azul no iba a volver. A decir verdad, hasta yo había empezado a extrañarlo. Era un buen gato después de todo: venía a recibirme cuando volvía del trabajo a pesar de que nunca llegué a prestarle verdadera atención. Es triste valorar lo que uno tiene cuando no lo tiene.

Una noche volvía muy tarde del trabajo. Dejé el auto en el estacionamiento y estaba encarando el camino a casa cuando Esnupi se me acercó. Francamente no tenía la más mínima gana de escuchar sus ladridos y aceleré el paso.

─¡Oiga, guaff!

Seguí haciéndome el distraído y apreté el paso.

─¡Oiga, escuche,! ¡guaff!

Me di vuelta y le pregunté qué necesitaba.

─El gato. Encontré el gato.

─¿Cómo dice?

─El gato del cartel ─me dijo y señaló uno de los volantes que todavía seguía en pie en el locutorio que estaba a metros de nuestra casa─. El gato negro.

─¿Sabe dónde está?

─El gato. El gato duerme conmigo, guaff. Compañero de mala suerte el gato.

─¿Y dónde duerme usted?

Se largo a caminar con cierto candor infantil. Lo seguí a una distancia prudencial. Tenía miedo de que pudiese intentar algo raro aprovechándose de la situación. Con los ojos bien abiertos caminamos unas cuantas cuadras por el camino que marcaba Esnupi. Llegamos a un baldío que estaba cubierto por placas publicitarias. Alguna vez existió ahí una fábrica de máquinas de coser. Luego el terreno fue vendido y se demolió la construcción. Los escombros perseveraron.

Esnupi levantó la malla de uno de los carteles publicitarios dejando el hueco justo para que pasase una persona.

─Pase ─me dijo.

En ese punto ya estaba bastante asustado. Todo el asusto me daba mala espina, pero no podría haberme perdonado no haber hecho algo para cumplir la promesa que me hice cuando vi a Miranda en la venta. Que sea lo que tenga que ser, me dije, y lo seguí.

Las luces de la autopista iluminaban a Esnupi mientras abría un camino entre los escombros, las baldosas y los pastos crecidos. Fue hasta un rincón y levantó una chapa picada.

Fue una sorpresa ver que debajo de la chapa no había un cuchillo, si no que estaba el gato de mi hija. Una versión desmejorada luego de unas semanas de vida salvaje, pero el gato de mi hija al fin. Ahí estaba: manchones de sarna en el pelo y bastante desnutrido.

─La pata ─me dijo Esnupi y señaló un corte pronunciado en la pata de delantera.

Traté de agarrarlo pero Azul me atacó.

─No, con miedo, no. Con el saco ─me dijo e hizo el además de que le diera mi sobretodo.

Saqué un par de cosas y le di el abrigo a Esnupi que hizo una maniobra digna de un torero para sorprender al gato y lograr envolverlo.

─Yo sé dónde lo pueden curar ─me dijo y volvió a guiarme hasta un hospital veterinario.

El veterinario evaluó la situación y me dijo que tenían que operarle la pata para desinfectar y corregir la fractura. Azul iba a estar bien pero le quedaría una cojera en la pata. Al ser un gato joven tenía bastantes posibilidades de compensarse y tener una vida digna para gato de departamento.

Mientras operaban al gato, salí a  fumar. Esnupi estaba sentado a unos metros con un vino de cartón. Esperando.

─No sé cómo agradecerle esto.

─No me mire como se mira a la basura cuando entra a su casa. Con eso alcanza.

Se levantó y se fue dibujando zetas sobre el pavimento.

A la tarde del día siguiente Azul hizo su regreso triunfal. Medio rengo, bastante roto, todavía un poco aturdido por la anestesia y su temporada en el infierno, pero retornado. Después de los saludos de rigor, se fue derecho al cuarto de mi hija y durmió 72 horas de corrido. Y a partir de ese momento ya nada fue igual en nuestra casa.

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